AMBIENTE URBANO
JUAN CARLOS ROJO CARRASCAL
Lo que ha provocado las intensas lluvias en la región mediterránea de España no debería sorprendernos. No es una catástrofe natural, no debemos subestimar la autoría, es una catástrofe humana. Muchos de estos eventos que nos empeñamos en acusar a la naturaleza de estar contra la humanidad, no son más que respuestas a la siempre insolencia y soberbia humana que se siguen empeñando en desafiar a la naturaleza y negar la existencia del Cambio Climático.
El panorama en la ciudad de Valencia y decenas de comunidades cercanas se ha calificado de “apocalíptico” o “dantesco”. Mucha gente sigue desaparecida, montones de coches apilados o enterrados bajo el lodo, algunos de ellos bloquean las puertas de los edificios, casas en zonas rurales aisladas y sin acceso, edificios colapsados y estacionamientos subterráneos inundados a tope como el de un centro comercial de Aldaya que tiene mil 800 cajones bajo el agua todavía sin saber si quedó gente atrapada en ellos.
Los centenares de muertos contados podría haberse evitado con alertas que se guardaron las autoridades posiblemente para no afectar la economía del turismo en un fin de semana con puente que prometía mucho movimiento.
La mayoría de los daños materiales también se podrían haber prevenido, o mínimamente diseminado. El desarrollo urbano modificó los recorridos naturales de los ríos y cuerpos de agua que no pierden la memoria. La extensión de las ciudades es como una gran herida al territorio que nunca termina de sanar. La aridez del suelo, su deforestación y la impermeabilidad de los pavimentos contribuyen a incrementar el flujo incontrolado del agua. Esperemos que después de la tragedia y de que se resuelvan los daños mayores, la región valenciana aproveche para redireccionar el diseño de su territorio y prevenga así estos episodios que sin duda cada vez serán más frecuentes y severos.
México lo ha vivido ya dos veces en la ciudad de Acapulco. Acontecimientos como huracanes, tsunamis y terremotos son cada vez más inesperados. La solución es compleja. Se debe abordar en dos niveles: uno a corto plazo que ayude a prevenir y a enfrentar las diferentes situaciones que se están presentando. No sobran alertas aun y cuando no suceda nada. El otro nivel de atención, a largo plazo —aunque debe comenzar ya— implica el rediseño de las ciudades, que para muchos políticos son batallas perdidas ya que implicaría naturalizar suelo ya urbanizado. Es decir, retirar asfaltos y sembrar más árboles, así como entender y respetar el comportamiento natural del territorio.
Podemos pensar que reconstruir una ciudad está fuera de los presupuestos públicos, aunque nunca será tan costoso como el recuperar hoy la normalidad en la comunidad Valenciana luego de las intensas lluvias que sufrieron. Mientras sigamos pensando que invertir en la prevención de los desastres es un gasto evitable, seguiremos contando víctimas y destinando recursos extraordinarios para la recuperación de lo que podría no haber sucedido.
Sigamos conversando: juancarlosrojo@uas.edu.mx

