Por Renata Marrufo Montañez

El Oman suena desde el cielo

El tiempo, ese gran artesano de la nostalgia, tiene maneras de recordarnos que la muerte no es un punto final, sino una partitura que se sigue ejecutando en otra frecuencia.

No, no tuve el gusto de conocer a don Víctor Urbán en persona, ni mucho menos escucharlo tocar el órgano. Pero considero que la mejor forma de honrar su memoria, a dos años de su partida, es tomarse un tiempo especial para escuchar los cuatro discos compactos que integran la colección “Moto Perpetuo”, que la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, el Gobierno de la Ciudad de México y el Auditorio Nacional editaron en honor del organista mexicano más destacado en su país y más allá de las fronteras y océanos que limitan nuestra nación.

Hoy, más que nunca, el pulso de sus manos sobre el teclado no solo se rehúsa a extinguirse, sino que ha encontrado un nuevo y definitivo espacio en la geografía del bronce, mármol y gratitud colectiva.

En este oficio del periodismo cultural y de la vida, una aprende que la presencia física no lo es todo. Hay seres que se conocen a través de sus obras, del vacío que dejan en los pasillos de las instituciones y de la pasión que permanece encendida en los ojos de quienes heredaron su sangre y su disciplina.

Hoy me doy cuenta de que el homenaje original al maestro Víctor Urbán se ha transformado. No podía quedarse estático. Las crónicas, reseñas y columnas editoriales, así como la música misma, son organismos vivos que respiran, mutan y se enriquecen con el devenir de los días.

Durante esta semana, los diarios, suplementos culturales y publicaciones en redes sociales han dedicado sus espacios a su nombre. Su figura ha dejado de pertenecer únicamente al ámbito de las salas de concierto y de los recuerdos familiares para integrarse formalmente al altar de la patria chica, a ese recinto sagrado donde descansan las almas que le dieron identidad a un pueblo: la Rotonda de las Personas Ilustres del Estado de México, ubicada dentro del Panteón Municipal de Toluca.

Hoy, el eco del Órgano Monumental del Auditorio Nacional (OMAN) ya no solo resuena en las grabaciones que atesoro con celo místico, sino también en los muros de piedra volcánica de un mausoleo que reconoce, de una vez y para siempre, que el Estado de México y la nación entera le deben a don Víctor Urbán una de las páginas más brillantes de su historia artística.

Cuando te encierras en tu habitación o en ese lugar que consideras especial y escuchas la música que se desprende del OMAN (Órgano Monumental del Auditorio Nacional), se da uno cuenta de que don Víctor tenía una comunicación única con un instrumento capaz de reproducir desde música sacra hasta clásica, rock e incluso experimental.

Atesoro este valioso obsequio que cada vez que escucho me acerca al amor que le tuvo don Víctor a la música y, sobre todo, a un instrumento que con su sola presencia impone y eriza la piel al escuchar las primeras notas que emanan de sus 15,000 flautas, 305 teclas distribuidas en cinco teclados y un pedalier que en conjunto ofrece 250 timbres diferentes.

Sabemos con absoluta certeza que, donde esté en este momento, don Víctor Urbán está tocando un OMAN celestial que hasta aquí llega. Las flautas de ese órgano eterno ya no son de metal ni de madera, sino de luz pura y de viento infinito. Y desde aquí abajo, en esta humilde trinchera de las letras y las crónicas cotidianas, seguimos deteniendo el reloj, una y otra vez, para escucharlo.

@renatamarrufo