Guillermo Castillo | Sabores como la horchata y la jamaica son los más solicitados por los meridanos para combatir la intensa deshidratación durante la tarde.

Caminar por el centro de Mérida a las dos de la tarde no es un recorrido, es una prueba de resistencia. El asfalto devuelve el castigo del sol y el aire, cargado de una humedad que se pega a la piel, hace que los 38 grados marcados en el termómetro se sientan como un abrazo de fuego. Sin embargo, en las esquinas estratégicas de la capital yucateca, el sonido del hielo chocando contra el vidrio anuncia el refugio.

Son los puestos de aguas frescas, verdaderos oasis urbanos donde el color se vuelve líquido. Ahí, el rojo intenso de la jamaica, el café profundo del tamarindo y el blanco cremoso de la horchata —con su indispensable toque de canela— detienen el tiempo para el transeúnte que busca desesperadamente recuperar el aliento.

Ahorita no hay quien aguante sin su vasito”, comenta uno de los comerciantes mientras sirve un agua de mango que brilla con el color del sol, pero ofrece todo lo contrario, un alivio inmediato.

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Dinámica de supervivencia y folclore local en Mérida

La demanda es tal que la sed de los meridanos se mide en galones. Según los vendedores de la zona, en esta temporada de calor extremo, cada puesto despacha en promedio 40 litros al día. Son dos garrafones de alivio puro que se evaporan entre sorbo y sorbo, alimentando una dinámica de supervivencia que ya es parte del folclore local.

Para el peatón, no es solo una bebida; es la moneda de cambio para seguir adelante. En una Mérida que no da tregua, un trago de horchata bien helada es, quizás, la única forma de ganarle la partida al termómetro, aunque sea por unos minutos.