En el corazón del centro de Mérida sobre la calle 62, entre el ruido de los coches y el ir y venir de la gente, se encuentra la famosa estación de autobuses Autoprogreso.

Desde ahí, todos los días parte una pequeña escapada al mar por apenas 27 pesos, o 54 en viaje redondo, una de las rutas más queridas por quienes buscan refrescarse en la costa yucateca.

A las nueve de la mañana, el movimiento ya comenzaba. Un par de jóvenes esperaban sentados en las bancas, revisando sus celulares y conversando con calma. Minutos después, llegaron otros tres: lentes de sol, shorts, faldas ligeras, toallas al hombro y mochilas listas para la aventura. El ambiente cambiaba poco a poco; se sentía ese aire de viaje corto pero esperado.

De pronto, apareció el camión. Blanco, con el logo del sol al centro y una gaviota que parece anunciar el destino. Sin prisa, comenzaron a subir los pasajeros: los jóvenes, una persona adulta mayor, y un par de hombres con pinta de trabajadores. En cuestión de minutos, el autobús se llenó y emprendió el camino hacia Progreso.

El trayecto, de poco más de una hora dependiendo del tráfico, es casi un ritual. Al llegar, la terminal queda a unas tres cuadras del mar, lo suficientemente cerca para que el olor a sal ya esté presente. Y como dicta la costumbre yucateca, la primera parada es obligada: comprar bebidas frías, botanas y lo necesario para instalarse en la playa.

Toalla extendida sobre la arena, el sonido de las olas y el sol cayendo a plomo. Para quienes buscan mayor comodidad, las palapas del malecón ofrecen sombra desde los 180 hasta los 600 pesos, dependiendo de la ubicación. Pero para muchos, basta con el mar y una buena compañía.

Con el paso de las horas, el hambre empieza a hacerse presente. Caminar por la calle principal del malecón se convierte entonces en la mejor opción. Restaurantes y locales, ahora más modernos y adaptados a nuevas tendencias, invitan a sentarse. Sin embargo, basta dar vuelta a la calle de atrás para encontrar otra cara de Progreso: cocinas económicas, fonditas improvisadas en casas y cazuelas donde el pescado se fríe al momento.

Después de comer, siempre queda espacio para algo dulce. En el andador turístico aparecen los merengues, pastelitos, marquesitas y elotes, ese toque final que acompaña la tarde.

Y entonces llega el momento más esperado. El sol comienza a descender y Progreso se pinta de tonos naranjas, rosados y azules. El mar refleja cada color en un espectáculo que detiene el tiempo por unos minutos. Pero el día no termina ahí.

El recorrido continúa hacia el nuevo malecón internacional. Luces, puestos y ambiente nocturno le dan una segunda vida al puerto. A unos metros, el famoso Poseidón se levanta como punto de referencia, casi como una última parada antes de emprender el regreso.

Así, entre risas, sal en la piel y el cansancio de un agradable día, la ruta de vuelta a Mérida espera. Porque más que un viaje, ir a Progreso es una tradición que se repite y que se espera, en fin de semana, puente o vacaciones.