El murmullo del páramo y la noche de la conciencia
Por Renata Marrufo Montañez
Entrar en Noche, noche, noche (Hachette Literatura, 2026), galardonada novela de la escritora colombiana Diana Obando, es entregarse a un viaje místico de menos de doscientas páginas donde el tiempo se devora a sí mismo en espiral. En una sugerente conversación con la autora sobre los hilos sagrados de su obra, desprovista de las rigideces del periodismo tradicional, Obando detalla la arquitectura de un universo herbal y ancestral que ahora pertenece a los lectores. El texto no se lee: se habita como la niebla de las cumbres andinas.
La novela se centra sobre una audaz apropiación de la cosmología kogi —recogida por Reichel-Dolmatoff—, transformando el mito de la creación en una estructura donde los personajes flotan en el “sándwich” de la existencia. Obando, con sagacidad y cosecha propia, asocia los nueve estantes mitológicos con los estados de la materia. Abajo, el liquen y los ancestros; arriba, las memorias sutiles. Es en este subsuelo primitivo donde emerge el que acecha a la protagonista y que la autora define como la “noche de la conciencia”: una memoria previa a la razón, el horror biológico del liquen deshaciendo la roca para gestar vida.
El motor de la trama es un acierto de la onironáutica, disciplina que la autora practica hace veinte años. Al combinar el borrachero —cuya receta sagrada explora junto a un mayor muisca— con la humilde uña de gato, Obando activa una alquimia narrativa donde el páramo deja de ser un telón de fondo para convertirse en un agente vivo y pulsante.
La obra radica en la tensión de sus personajes. Tomás encarna la resistencia intelectual, edificando “vasijas de pensamiento” y ensayando una terca domesticación botánica. En las antípodas, la joven Sara se entrega al sueño hasta la despersonalización extrema, viéndose obligada a “recoger su pensamiento” para no diluirse en la inmensidad. Este duelo metafísico encuentra un brillante cable a tierra en Vladimir, personaje atrapado en las urgencias de la subsistencia campesina que expone, con sutil agudeza, el privilegio de clase que permite a Tomás y Sara el lujo de la disolución espiritual.
Hacia el desenlace, la novela exhala un aroma a extinción que Obando mitiga con lucidez: no es el vacío absoluto, sino un fin del mundo insignificante en la escala cósmica. Aunque la autora celebra con alivio el “parto” de la obra, el verdadero triunfo de “Noche, noche, noche” está en su ejecución: un esfuerzo monumental por transformar la escritura en oralidad y devolverle la cualidad de palabra viva. Quizá el único riesgo de su preciosismo sea encapsularse en su propia densidad herbal, pero la respuesta de los lectores —que ya peregrinan con el libro a los bosques de niebla— demuestra que Obando ha logrado fabricar una vasija de sueños tan poética como imprescindible para comprender la hondura del sufrimiento humano.

