Sigue azul
El exalcalde de Mérida, Renán Barrera Concha, reapareció y de qué forma; fue claro y contundente, sigue en el PAN y trabaja lo que será la plataforma de ese partido para las contiendas electorales a celebrarse en 2027.
“Recibí varios mensajes por publicaciones en páginas, revistas, de fakenews, noticias falsas diciendo que me voy a Morena, que he tenido reuniones con sus funcionarios… para nada; yo respeto las preferencias por una u otra fuerza política, es válido, es parte de nuestra democracia, pero yo soy miembro del Comité Ejecutivo Nacional (PAN) que encabeza Jorge Romero”, así lo dijo en un video. ¿Será?
Tranquilidad trastocada
Aunque Yucatán, y en particular Mérida, presume uno de los índices más bajos de robo a casa habitación en el país, en la colonia Miguel Alemán parece que alguien decidió ponerle un poco de “emoción” a la estadística.
Vecinas y vecinos de esta tradicional zona han reportado, a través de grupos vecinales, la presencia de un grupo de jóvenes que, con más iniciativa que discreción, ingresan a predios para sustraer cuanto objeto encuentren a su paso, desde pertenencias menores hasta mobiliario. Algunos de estos episodios han quedado registrados en video, lo que ha dado mayor fuerza a las denuncias.
El fenómeno ha generado inquietud entre los colonos, quienes no están precisamente acostumbrados a este tipo de sobresaltos en una de las colonias más antiguas y, hasta ahora, apacibles de la capital yucateca.
Ante la situación, habitantes de la Miguel Alemán hacen un llamado a las autoridades para reforzar la vigilancia en la zona e invitan a la propia comunidad a mantenerse alerta. Porque si algo queda claro, es que en esta colonia la tranquilidad sigue siendo la norma, aunque últimamente haya quien quiera cambiar el guion. ¿Será?
Silencio selectivo
Mientras el centro del país enciende las alarmas por un nuevo incremento en el precio de la tortilla, en Yucatán los molineros locales mantienen una postura defensiva que pone sobre la mesa una contradicción social fascinante: la resistencia casi automática ante el ajuste del alimento más básico, frente a la silenciosa aceptación del alza en productos de vicio o entretenimiento. Resulta reflexivo observar cómo el consumidor promedio suele cuestionar con severidad un ajuste de centavos en el kilo de tortilla —producto regido por la liberación de precios y el costo directo de insumos esenciales—, mientras asume con resignación y sin protestas los aumentos constantes en refrescos, cigarros o bebidas alcohólicas.
Esta disparidad en la tolerancia al gasto revela que, más allá de una cuestión de economía familiar, existe un sesgo emocional y cultural en el que castigamos al productor local que intenta sobrevivir a la inflación, pero validamos el lucro de las grandes industrias de productos prescindibles.
Si la tortilla es, como decimos, el pilar de nuestra identidad y nutrición, su valor debería ser defendido no solo a través del precio bajo, sino mediante el reconocimiento justo del costo que implica llevarla a la mesa. ¿Será?

