El aroma a pescado frito y cítricos inunda por última vez la calle 17 del barrio de Chuburná de Hidalgo, en Mérida, Yucatán. Para Marcos Ku Puc y su hijo menor, Jesús Antonio, este Domingo de Resurrección no sólo marcó el cierre de la Semana Santa, sino el fin de su faceta como chefs de barrio.

Hoy lunes, el delantal se colgará en un clavo para dar paso a las redes, los cordeles y el salitre: el mero los espera en las profundidades.

Aunque la veda de esta codiciada especie terminó oficialmente el 1 de abril, los Ku decidieron estirar su estancia en tierra para aprovechar la última oleada de pedidos de ceviche y escabeche, su otra especialidad.

Es una estrategia de supervivencia y amor al oficio. En su hogar, una marisquería improvisada se convirtió durante meses en el refugio económico para enfrentar la veda, transformando el producto que ellos mismos congelaron en “manjares de confianza” para sus vecinos.

“Tenemos que buscar de dónde hacer unos centavos extra. El apoyo del gobierno es bueno, pero en casa hay muchas necesidades”, confiesa Marcos, un hombre de mar con más de 30 años de experiencia.

Preservan tradición

Este lunes, el escenario cambiará drásticamente. El bullicio de la clientela en la cocina será reemplazado por el rugido del motor de su embarcación en Puerto Progreso.

A primera hora, zarparán hacia una travesía de 20 días en altamar, donde el horizonte será su único paisaje y el éxito dependerá de su destreza.

La familia compartió que en altamar las condiciones son variables y los riesgos constantes. Las turbonadas y el viento representan peligro, especialmente para los alijos.

"Hay que conocer bien el mar, las estrellas; lo más peligroso son las turbonadas", explicaron.

La vida del pescador yucateco es un equilibrio entre paciencia y esfuerzo extremo. Lejos de casa, enfrentando los riesgos del Golfo, buscan el sustento que llegará a las mesas del estado.

"Empezamos a sacar mero este lunes, nos vamos 20 días, pero cuando regresemos estará fresco", comentó Marcos.

Mientras se preparan para zarpar, la familia Ku deja un mensaje de orgullo y resiliencia. En Chuburná, la pesca no se detiene; solo se transforma.

“Nuestra pescadería los atenderá siempre que estemos en tierra”, afirma. Por ahora, el fuego de la estufa se apaga, pero la esperanza se enciende en el puerto.