Guillermo Castillo | Voluntarios preparan alimentos para familias del sur de Mérida.

Enclavados en el sur de la capital yucateca, una zona históricamente marcada por la marginación, se levantan los asentamientos irregulares, comunidades edificadas por la pura necesidad, donde cientos de familias han levantado hogares humildes con lo que tienen a la mano para asegurar un techo propio. Es aquí, en el asentamiento Henry Martín, donde cada jueves ocurre un pequeño milagro colectivo impulsado por la asociación civil Dejando Huella.

Desde hace casi dos años, este grupo de voluntarios se coordina semanalmente para que las familias del rumbo puedan llevarse, al menos una vez a la semana, un plato de comida caliente a la mesa. Aunque en la zona habitan cerca de mil 300 núcleos familiares —una cifra que desborda las capacidades del colectivo—, la organización logra apoyar cada semana a 120 beneficiarios directos a través de una red solidaria de "padrinos y madrinas".

Daniel Medina, coordinador de Dejando Huella, explica con transparencia los alcances y las limitaciones de este proyecto independiente.

No tenemos la capacidad para poder alimentar a todas las familias, pero sí llegamos a algunas cuantas cada semana”, indica con la mirada fija en el fogón.

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Cocina comunitaria ayuda a familias del sur de Mérida

El ritual comienza muy temprano cada jueves. Para cuando el reloj marca el mediodía, el equipo ya ha transformado insumos básicos en un banquete que será una bendición para los beneficiarios. En una jornada habitual se cocinan 20 kilos de frijol, 15 kilos de arroz, complementos y la proteína que logran recaudar.

La logística es rigurosa pero humana. Un representante de cada hogar —que a menudo suele ser un menor de edad— acude con recipientes propios, hace la fila con paciencia y se retira a su casa con hasta cinco porciones de alimento fresco. Aquí no se les cobra un solo peso; el único requisito es tener la necesidad.

La fama de esta cocina comunitaria ha cruzado las fronteras invisibles del asentamiento Henry Martín, atrayendo a pobladores de colonias y asentamientos vecinos que buscan un apoyo para poder sortear la precariedad alimentaria.

“Vienen personas incluso de otras colonias, aquí no se les niega el alimento a nadie, no hay exclusividad. Nuestro trabajo es para aquellas personas que así lo necesiten, que estén pasando un mal momento”, enfatiza Medina.

Dejando Huella Facebook | La cocina comunitaria atiende semanalmente a personas en situación de vulnerabilidad.

Donativos mantienen activo el proyecto

La radiografía de quienes acuden a la fila revela el tejido más vulnerable de la periferia: madres autónomas que sacan adelante solas a sus hijos, adultos mayores abandonados a su suerte, personas con discapacidad e infancias en pleno desarrollo.

Pero el desarrollo de esta labor es complicado, porque los voluntarios estiman que mantener encendida esta estufa cuesta, en promedio, mil 600 pesos semanales para alimentar a un centenar de personas. Por ello, la agrupación afirma que depende enteramente del corazón y el bolsillo de la sociedad civil, ya que con los donativos que se reciben a principios de semana logran armar el menú los miércoles y servir los alimentos el jueves.

El coordinador hizo un llamado abierto al público en general, empresas con sentido social y actores políticos para que sumen esfuerzos y eviten que esta iniciativa se apague.

Se reciben desde abarrotes de la canasta básica hasta frutas, verduras y carne. Además, la invitación permanece abierta para que los donantes asistan a cocinar y servir, constatando el destino transparente de su ayuda.