Caminar por algunas calles del Centro Histórico de Mérida es enfrentarse a un auténtico asalto sensorial donde el silencio no tiene cabida. El aire no solo arrastra el olor a frituras y el calor del mediodía, sino también una marea de decibeles que chocan entre sí y definen la dinámica comercial de la zona.

A las puertas de una tienda de electrónica, bocinas de gran tamaño lanzan reguetón a todo volumen. Metros más adelante, en lo que fue la Segunda Calle Nueva, personas con discapacidad visual cantan para obtener algunas monedas, mientras anuncios de celulares y chácharas compiten por captar la atención del peatón.

Quien más grita, más vende

Entre comerciantes domina la llamada “ley de la selva sonora”: quien más ruido hace, más clientes atrae. Don “Chucho”, trabajador de una tienda de ropa económica, asegura que el sonido es vital para sobrevivir en un entorno competitivo.

“Si apago la bocina, la gente se pasa de largo. El ruido les avisa que aquí estamos”, comenta mientras ajusta el volumen de un bafle dirigido a la banqueta.

Entre tradición y molestia

Para muchos peatones, la experiencia resulta agotadora. Doña María Elena, quien cruza el centro rumbo a Chuburná, describe el ruido como un martirio cotidiano que provoca dolores de cabeza y dificulta incluso hablar por teléfono.

Sin embargo, hay quienes defienden el estruendo como parte del carácter urbano. Ricardo, estudiante que transita por la calle 58, considera que el ruido es el “sabor” del centro y que el silencio haría parecer la zona un pueblo fantasma.

Ruido, una contaminación invisible

El ingeniero Felipe Murillo advierte que el ruido es una forma de contaminación que no se ve, pero que puede generar estrés, ansiedad, aumento de la presión arterial y pérdida auditiva tras exposiciones prolongadas.

Aunque algunos ciudadanos piden regulación, para muchos comercios el volumen sigue siendo un salvavidas económico. Así, cada amanecer, Mérida vuelve a rugir con la misma intensidad.