La joven de los lirios blancos
Jorge Pacheco Zavala*
Cuando la vi por primera vez, me pareció una joven como cualquier otra, sin embargo, había en su mirada una gracia que despuntaba. La seguí luego de que me hiciera
una sola pregunta:
—¿Tienes dónde dormir? — Me preguntó con una voz que parecía más bien una sutil
caricia.
Yo moví negativamente la cabeza y me eché a andar tras ella como si estuviese
hipnotizado. Mientras pasaba por aquellos baldíos abandonados, me vinieron a la memoria
los días en que la vida solía ser más gentil conmigo, cuando la bonanza me regalaba
momentos inolvidables, como aquellos en que mi hija sonreía de la mano de su madre.
Hacía tanto de eso…
Ahora, solo destrucción atestiguaban mis ojos.
Desde entonces, las calles habían sido mi hogar. La forma en que ahora veía la vida cambió
dramáticamente, pues afuera, las cosas y las personas habían adquirido otra perspectiva. Es diferente ver la nieve que sentir la nieve. Pero en aquel sitio, se respiraba un olor a viejo, un tufo inevitable a miseria que se introducía en mi sistema como si me conociera desde
tiempos inmemoriales.
Mientras yo continuaba a sus espaldas, ella de pronto dio vuelta al final de una barda a
medio derribar, donde la ciudad perdida de veras se perdía. Llegamos. ¿A dónde? ni yo
mismo sabía.
Era un espacio minúsculo en forma de habitación. Afuera, todo era decadencia y basura.
Pero al entrar, aquello parecía un oasis de pureza inexplicable. La habitación estaba limpia
y por doquier, abundaban los lirios blancos en torno a lo que parecía ser una cama. No
había muebles, no había utensilios, no había ningún tipo de enser doméstico. Sólo lirios y
una cama central. Todo era luz en el interior, a pesar de que afuera la desolación reinaba.
Mientras me dejaba caer sobre aquel colchón limpísimo, pude sentir su cercanía de nuevo.
Mi piel se erizó como si temiera su proximidad. La sentí a mis espaldas. Su voz parecía
nacer de ningún lugar, pero era clara y gentil:
—Este será nuestro cálido nido de amor— y al decirlo, miles de copos de nieve cayeron del
techo blanquísimo.
En mi infancia, las navidades tenían un sabor especial. Ante la pobreza, mi padre simulaba
que en la casa había caído nieve, y para conseguir un efecto de asombro en nosotros,
compraba bolsas repletas de diminutas bolitas de unicel que regaba por todos lados.
Eran días en que el patio, la sala, el baño se encontraban inundados de “nieve”, y
por supuesto, nosotros le seguíamos el jugo haciéndole creer que teníamos
mucho frío. Las fotos que existieron de ese tiempo dan cuenta de nuestra dicha
interminable.
Era un lugar extraño para mí al que habíamos llegado. Yo, aún con los ojos cerrados,
experimenté su dulce beso en unos labios olvidados por la vida; quise retribuir el detalle,
pero al buscar los suyos ya no estaba. Había quedado su frío aroma a lirios recién cortados.
Era la primera vez que podría dormir decentemente en mucho tiempo. Mientras me iba
perdiendo entre los brazos de Morfeo, pude experimentar un descanso que me era ajeno y
hasta diría desconocido. Mi vida parecía estar entre dos mundos distintos, entre dos
realidades que me resultaban indiscernibles en su totalidad. Me encontraba extraviado en
un sitio que tal vez ni siquiera existía.
Cuando cayó la noche, ella estaba a mi lado. Había estado ahí desde que me dormí. Dijo
algunas palabras que no logré entender, sus sonidos eran finos cristales que se repetían en
mi mente y que producían un profundo eco. Me observaba como quien observa un objeto
extraño, casi como si estuviese tratando de descifrar mi vida. Estaba a punto de amanecer.
Sin justificación alguna, supe que me encontraba a salvo en sus brazos. Me seguía
pareciendo inexplicable que nada pudiera calentar mi cuerpo. Descubrí entonces que de su
boca no surgía respiración alguna, y que sus labios eran roca y sus ojos una especie de
argamasa antigua, ya seca, ya cuarteada. Sin quererlo me dormí de nuevo.
Cuando desperté, el sol ya entraba al reducido espacio desbordándose con plenitud.
Ahora veía con claridad: ni había lirios en aquel sitio, ni existía un colchón limpio, ni había
copos de nieve cayendo; todo era una especie de ilusión. Desperté sobre un montón de
basura y animales podridos, habían sido mi compañía durante la noche.
Hace dos años que estoy en este refugio de mentes cautivas. He narrado esta historia en
múltiples ocasiones, pero nadie, incluso ningún médico ha podido creerme. Por eso decidí
escribirla, para que al menos, si alguien la lee en algún momento, sepa que digo la verdad.
Han traído a un historiador al refugio, como un favor especial. Lo he visto llegar. Es un
hombre de mediana edad. Dicen que sus libros, Crónicas vitalicias, son un éxito editorial.
Dice él que aquella ciudad perdida existió hace 25 años, luego de los bombardeos de la
guerrilla. Y que la niña parece ser una sobreviviente que les llevaba agua a los moribundos
atrapados bajo las ruinas. Dijo también que aquella niña ya muerta, poseía en su mirada una gracia inexplicable que lograba dar esperanza en un tiempo sin esperanza…
*Escritor. Presenta relatos de su autoría.

