El rugido de los motores en el Periférico se ha apagado. El eco de los pasos sobre las lajas del Centro Histórico suena hoy con una nitidez casi irreal. Mérida, la ciudad que en los últimos años ha abrazado el vértigo de las grandes metrópolis, ha decidido, por fin, tomarse un respiro.
Este 1 de enero de 2026, la capital yucateca despertó sumergida en un letargo profundo, como si la voz del inmortal Tony Camargo y su icónico “Yo no olvido al año viejo” aún resonara en las paredes de las casas, obligando a todos a una pausa necesaria tras el brindis de medianoche.




Calles vacías y un tráfico ausente
Recorrer hoy las avenidas principales es experimentar un fenómeno que muchos creían extinto. Las vías lucen desiertas, el transporte público circula casi como un fantasma con apenas un par de pasajeros a bordo y el tráfico, ese monstruo cotidiano, ha desaparecido. Por unas horas, Mérida recordó esos tiempos que ya no volverán, pero que hoy, por un guiño del calendario, se dejaron sentir nuevamente.
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Es una calma inusual para una ciudad cada vez más urbana y cosmopolita; un vacío que invita a la reflexión sobre los 364 días que restan por caminar.
Turistas y contrastes en el Centro Histórico
En el primer cuadro, el ambiente es de un contraste fascinante. Mientras la mayoría de los meridanos “duermen” la última fiesta, los turistas —nacionales y extranjeros— se convirtieron en los dueños de las banquetas.




Para algunos, la mañana trajo una lección de cultura local: no son pocos los visitantes que, con asombro, salían de las tiendas de conveniencia con las manos vacías, intentando descifrar por qué no se permite la venta de alcohol antes de las 10:00 a.m. en un día de fiesta.
Para otros, el vacío fue un regalo. Sin las multitudes habituales, el Templo del Jesús (Tercera Orden) y la Catedral de San Ildefonso abrieron sus puertas a un flujo de personas tan escaso que permitía apreciar el silencio sagrado de sus naves, lejos del bullicio turístico regular.




El único día para volver a ser pequeña
Con los comercios cerrados y las cortinas metálicas abajo, la ciudad parece estar recuperando fuerzas. Es el único día del año en el que Mérida se permite ser pequeña otra vez, en el que el tiempo no se mide en minutos de tráfico, sino en el espacio que queda entre un pensamiento y otro.
Mañana volverá el ruido, regresarán las prisas y el caos de la modernidad. Pero hoy, la ciudad descansa, se limpia el confeti del rostro y se prepara, en absoluto silencio, para empezar de nuevo.

