Volver a mirar las estrellas
Justo el día en que la humanidad, representada por cuatro astronautas de la misión lunar Artemis II de la NASA, alcanzó la mayor distancia registrada respecto a la Tierra, resulta irónico que un recinto diseñado para observar la inmensidad del cosmos haya permanecido sumido en la oscuridad de la negligencia administrativa durante seis años.
Lo que comenzó como un cierre preventivo por la pandemia de Covid, bajo la tutela del Ayuntamiento de Mérida, se transformó en un penoso monumento al abandono que trascendió dos administraciones, privando a los meridanos de su ventana al universo.
El Planetario Arcadio Poveda Ricalde no solo sufrió el deterioro físico de sus muros, sino el vacío de una política cultural que, por demasiado tiempo, pareció olvidar que la curiosidad científica es el motor de una sociedad avanzada.
Este silencio de más de un lustro representa una oportunidad perdida para miles de jóvenes que crecieron sin un refugio donde cuestionar las estrellas, recordándonos que, a veces, la burocracia puede ser más impenetrable que un agujero negro.
Sin embargo, el anuncio de la alcaldesa Cecilia Patrón Laviada sobre la reapertura en septiembre —respaldada por el rigor académico de la UNAM y el aval del Cabildo— se siente como un amanecer necesario tras una noche demasiado larga.
El momento no podría ser más poético ni más urgente: mientras la humanidad enfila sus esfuerzos hacia el regreso a la órbita lunar, Mérida recupera su brújula astronómica para reintegrarse a la conversación global sobre el espacio.
Esta rehabilitación no debe verse únicamente como la reparación de un inmueble, sino como la restauración de un compromiso ético con el conocimiento. Recuperar este espacio es devolverle a la ciudad su derecho al asombro, además de asegurar que el nombre de Arcadio Poveda vuelva a brillar, ya no como el eco de un recinto cerrado, sino como el faro de una comunidad que finalmente decide mirar hacia arriba. ¿Será?
Es hora de actuar
Yucatán suele presumir, con justa razón, de ser un oasis de tranquilidad en un México convulso; aquí, el eco de los crímenes de alto impacto es un rumor lejano que rara vez trastoca nuestra cotidianidad. Sin embargo, tras esa fachada de seguridad envidiable, se gesta un fenómeno que no requiere de armas ni de células delictivas para sembrar el luto. En apenas dos años, 808 vidas se han extinguido en siniestros viales, una cifra que desgarra el tejido social y que, según expertos, proyecta una sombra de dolor sobre al menos cinco víctimas indirectas por cada fallecimiento.
No son "accidentes fortuitos”, sino desenlaces fatales de un sistema que ha normalizado la velocidad sobre la vida que convierten nuestras calles en escenarios de una violencia vial que, por ser cotidiana, parece que se ha vuelto invisible.
La paradoja es dolorosa: mientras blindamos nuestras fronteras contra la delincuencia, pareciera que dejamos las puertas abiertas a la imprudencia. Urge que los tomadores de decisiones dejen de ver las estadísticas de tránsito como simples gajes del oficio y asuman que cada muerte era prevenible con infraestructura digna y legislación rigurosa.
El verdadero blindaje de este estado que "se cuece aparte" debe comenzar en las aulas, con una educación vial objetiva y obligatoria que transforme la cultura del volante en una ética del cuidado mutuo. Si Yucatán aspira a seguir como el referente de paz que tanto nos enorgullece, no puede permitir que el destino de sus ciudadanos se trunque en una curva o en un paso peatonal; es hora de que la seguridad deje de medirse solo en la ausencia de balas y empiece a contarse en las vidas que logran llegar, sanas y salvas, a su destino. ¿Será?

