Entre voces, letras y armonía. El eco del 8M en el Palacio de la Música

Por Renata Marrufo Montañez

En lo que va del siglo XXI, México ha sido testigo de una ebullición creativa liderada por mujeres. Más allá de ser creadoras, las mujeres hemos asumido roles de liderazgo, gestión y crítica, transformando las narrativas nacionales y abordando temas como la violencia de género, la identidad, el cuerpo y la memoria histórica.

Por ejemplo, en la música las mujeres mexicanas han diversificado los géneros, desde la canción de autor hasta el rock y la música experimental, a menudo utilizando su plataforma para el activismo.

La literatura mexicana actual no puede entenderse sin la presencia femenina. En este siglo, las escritoras han abandonado los márgenes para ocupar el centro de la discusión literaria mundial.

Incluso el arte visual ha pasado de la contemplación a la intervención social, con mujeres liderando museos y galerías.

El pasado 8 de marzo, el Centro Nacional de la Música Mexicana-Palacio de la Música no solo fue un recinto de resonancias acústicas, sino el centro de un diálogo necesario, potente y profundamente femenino que reunió estos tres universos culturales en un solo escenario.

En este espacio, donde las notas suelen ser las protagonistas, esta vez fueron las palabras, los trazos y los sonidos ancestrales los que tejieron una jornada de reflexión que caló hondo en los asistentes.

Con Adele Urbán Flores, directora del recinto como anfitriona, la fecha se transformó en un refugio de sororidad. 

Es imperativo detenerse aquí para reconocer en Adele a una mujer de una pieza; una aliada incansable que, desde su trinchera, ha defendido con uñas y dientes los derechos de las mujeres. Su lucha frontal contra la violencia vicaria no es solo una causa personal, sino una bandera que levanta para todas, convirtiéndose en un ejemplo vivo de resiliencia y compromiso.

Como bien expresó Adele durante el evento, hablar o gritar nos desahoga, pero escribir a modo de catarsis es un proceso más complejo que requiere de una introspección profunda para abrir el alma ante el público. Su agradecimiento al cierre de la jornada no fue solo protocolario, fue el abrazo de alguien que sabe que la cultura es el arma más poderosa para transformar realidades.

El plato fuerte de la jornada fue el encuentro con escritoras que, a través de sus obras, han decidido no callar más. Erica Millet nos conmovió profundamente al dar voz a "La nana Lita", un cuento incluido en su libro “Relatos sobre madres imperfectas”.

Con esa capacidad suya para diseccionar la cotidianidad, Erica nos recordó que la maternidad no tiene que ser ese pedestal inalcanzable de perfección, sino un territorio humano, lleno de claroscuros, donde el amor y la imperfección coexisten sin culpas impuestas.

Por su parte, la mirada de María Elena González aportó esa introspección necesaria sobre la experiencia femenina. En su texto "Entre la sal y el agua", que minutos antes confesó que tenía en la mente desde hace mucho pero que no se atrevía a transcribir, y mucho menos a leer en voz alta, nos invitó a pensar el feminismo desde la vivencia propia, recordándonos que la cultura la hacemos las personas y que, aunque el entorno sea corrosivo como la sal, siempre podemos ser agua que limpia y regenera. Sus cuestionamientos sobre la relación con lo masculino y la búsqueda de una libertad que no reduzca, sino que ensanche, resonaron con fuerza en el Patio de Cuerdas.

Fue una fuerte reflexión sobre la educación patriarcal recibida y cómo la escritura se convierte en el canal para expresar aquello que antes debía reprimirse; una nota de vulnerabilidad sobre heridas personales expuesto por primera vez ante el público y que reafirmó el poder de la literatura como herramienta de sanación y libertad.

La investigadora y dramaturga Ana Várguez aportó la visión académica y artística del teatro en Latinoamérica. A través de su trabajo sobre la "Mirada femenina de poéticas de la modernidad", Ana destacó cómo las mujeres han ocupado las artes escénicas. 

Nos recordó cifras que no deben olvidarse: el sector cultural es sostenido en gran medida por mujeres, y su participación en el teatro y la danza alcanza casi el 50 por ciento de la fuerza creativa. "Este es el siglo de las mujeres", sentenció, y en su voz escuchamos la de tantas creadoras que, desde Muna hasta Buenos Aires, siguen picando piedra.

Su intervención la cierra con la lectura de dos poemas: “El ideal”, de la cubana Juana Borrero, en el que expresa su lucha por conquistar un lauro y salvar su nombre del olvido, y “Hacia la noche”,de María Eugenia Vaz Ferreira.

La atmósfera se completó con la presencia de la caricaturista Beatriz Castroe, cuyo trazo agudo capturó la esencia de lo que significa ser mujer en el México actual, y la voz de la cantautora Val Hozu, que con su música puso ritmo a nuestras demandas de justicia y libertad. 

El toque místico y sanador llegó con el sonido de los cuencos de Edith Zugarazo, una frecuencia que nos permitió conectar con lo más profundo de nuestro ser, recordándonos que en la pausa y en el silencio también se gesta la revolución.

La reflexión del 8M nos obliga a mirar hacia adentro. Como bien señala la máxima de Rosario Castellanos: "La cultura no hace a las personas. Las personas hacen la cultura". En este contexto, el feminismo no debe entenderse solo como una ruptura violenta, sino como una evolución y un bálsamo para comprender las estructuras que han condicionado nuestras vidas.

Es vital reconocer que, aunque el sistema patriarcal ha dictado roles y normalizado violencias durante siglos, la transformación profunda nace de la conciencia más que de la confrontación estéril. 

La experiencia de transitar la vida, con sus días de encanto y desencanto, nos enseña que el verdadero desafío es aprender a transformarnos juntos, reconociendo nuestra imperfección y manteniendo la esperanza de que, en un mundo lleno de sal, todavía podamos ser agua que limpia y renueva, como nos dice María Elena González en su lectura.

Reunir a estas tres mujeres en un solo espacio de lectura y reflexión significó un momento especial, uno que se vivió por segundo año consecutivo en el Patio de Cuerdas del Palacio de la Música en el marco del 8M.

En la edición del año pasado se contó con las escritoras Verónica Rodríguez y Patricia Garma,y la poeta y artista plástica Marina Centeno y, como en esta edición, los textos de las tres nos hicieron reflexionar el papel de la mujer en diferentes épocas y con la visión personal de cada una de ellas.

Lo más maravilloso de estas jornadas es que en los escritos leídos la mujer deja de ser un “objeto de inspiración” para convertirse en el sujeto de la acción.

Que se haya repetido este 2026 confirma que no fue un evento aislado de “moda” institucional, sino una política de visibilidad. Al reunir a distintas generaciones de mujeres (poetas consolidadas con investigadoras y gestoras), se crea una genealogía: las que abrieron brecha saludan a las que hoy sostienen el micrófono.

El evento de este 2026 cerró con la energía vibrante de un tianguis dedicado al rock, con bandas integradas por mujeres como Maggis Rockxz, Kaya Roots y Momo, organizado por Rockultura en un momento en el que hay que enaltecer la realidad de la mujer en todos los terrenos: desde el arte y el emprendimiento hasta el liderazgo tecnológico, entendiendo la cultura como instrumento poderoso para transformar realidades.

El siglo XXI en México es, indiscutiblemente, el siglo de las mujeres en la cultura. Hemos logrado desarticular el canon patriarcal para proponer una estética que es, al mismo tiempo, profundamente local y universalmente relevante. Nuestro papel no es solo el de "crear arte", sino el de reconfigurar la identidad de una nación en busca de justicia y equidad.

Este 8M en el Centro Nacional de la Música Mexicana-Palacio de la Música no fue una efeméride más. Fue la reafirmación de que en Yucatán la cultura tiene rostro de mujer, tiene voz de escritora y tiene la valentía de quienes no temen nombrar las cosas por su nombre.