Miguel Martínez | Bajo la dirección de Evaristo Cruz Mejía, niños y niñas se forman en la disciplina necesaria para asistir a las atletas de élite.

En el tenis, existe un ballet silencioso que ocurre entre saques asfixiantes y gritos de victoria. Son figuras pequeñas, vestidas de uniforme impecable, que aparecen y desaparecen con una precisión coreográfica: los atajadores. Detrás de esa maquinaria humana que permite que el juego fluya sin pausas, se encuentra la mirada experimentada y el corazón sereno de Evaristo Cruz Mejía, el hombre que convierte a niños y niñas en los guardianes del ritmo en el Mérida WTA 500.

Don Evaristo no es un improvisado. Con más de 30 años en el “deporte blanco”, su vida ha sido un viaje constante de la cancha al banquillo y del banquillo a la coordinación. Originario de la Ciudad de México, pero adoptado por la calidez yucateca desde 1993, el coordinador de boleros camina por el Yucatán Country Club con la familiaridad de quien recorre el patio de su casa. “Me siento más que en casa; me encanta la ciudad, su comida y su gente. Trabajar en un evento así es padrísimo, comparte con una sonrisa para 24 Horas.

Para el espectador, la labor del atajador parece sencilla, casi instintiva. Para Evaristo, es una disciplina que raya en lo académico. Una semana antes de que la primera raqueta toque suelo meridano, él ya está en la cancha “entrenando” a su equipo. No se trata solo de recoger pelotas; se trata de entender el protocolo de entrada y salida, la técnica exacta para rodar la bola sin interrumpir la visión de la jugadora y, sobre todo, el arte de la invisibilidad oportuna.

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Trayectoria de Evaristo Cruz Mejía y su disciplina en el tenis

“Normalmente los niños no saben que hay un protocolo. Por eso llego antes. Todo lo que el público ve en la cancha hoy, ya se entrenó exhaustivamente”, explica. Bajo su tutela, las infancias aprenden que el tenis es un deporte de tiempos perfectos, donde un segundo de distracción puede alterar la concentración de una atleta de élite.

Miguel Martínez | El equipo de boleros mantiene los estándares de calidad exigidos por la WTA mediante protocolos de acción rigurosos.

En el tenis, existe un ballet silencioso que ocurre entre saques asfixiantes y gritos de victoria. Son figuras pequeñas, vestidas de uniforme impecable, que aparecen y desaparecen con una precisión coreográfica: los atajadores. Detrás de esa maquinaria humana que permite que el juego fluya sin pausas, se encuentra la mirada experimentada y el corazón sereno de Evaristo Cruz Mejía, el hombre que convierte a niños y niñas en los guardianes del ritmo en el Mérida WTA 500.

Don Evaristo no es un improvisado. Con más de 30 años en el “deporte blanco”, su vida ha sido un viaje constante de la cancha al banquillo y del banquillo a la coordinación. Originario de la Ciudad de México, pero adoptado por la calidez yucateca desde 1993, el coordinador de boleros camina por el Yucatán Country Club con la familiaridad de quien recorre el patio de su casa. “Me siento más que en casa; me encanta la ciudad, su comida y su gente. Trabajar en un evento así es padrísimo”, comparte con una sonrisa para 24 Horas.

Protocolos y entrenamiento del equipo de atajadores

Para el espectador, la labor del atajador parece sencilla, casi instintiva. Para Evaristo, es una disciplina que raya en lo académico. Una semana antes de que la primera raqueta toque suelo meridano, él ya está en la cancha “entrenando” a su equipo. No se trata solo de recoger pelotas; se trata de entender el protocolo de entrada y salida, la técnica exacta para rodar la bola sin interrumpir la visión de la jugadora y, sobre todo, el arte de la invisibilidad oportuna.

“Normalmente los niños no saben que hay un protocolo. Por eso llego antes. Todo lo que el público ve en la cancha hoy, ya se entrenó exhaustivamente”, explica. Bajo su tutela, las infancias aprenden que el tenis es un deporte de tiempos perfectos, donde un segundo de distracción puede alterar la concentración de una atleta de élite.