In nihilo
*Jorge Pacheco Zavala
A Teodoro Huerta
Artífice de la imaginación
Le había tomado tres días crearle una mano a la escultura que reproducía la imagen humana. Las horas se le habían convertido en noches y las noches en interminables segundos…
Cuando hubo acabado, puso distancia entre aquella mano de dedos blanquísimos y sus ojos cansados y viejos. Se recostó en el diván y en un instante se quedó dormido. El estudio guardó silencio. Y por un momento fue como si los cinceles, martillos y demás herramientas también se hubiesen cansado y ahora dormían.
Y el escultor soñó.
Y en su sueño la vida no se parecía a la nuestra. Todo tenía matices tergiversados; lo que debía ser blanco era negro, lo que debía estar arriba estaba abajo, lo que tendría que ser hermoso era horrible, lo que se supondría tener vida estaba muerto.
Era un sueño que asfixiaba, como estar dentro de una oscura e interminable cueva. Ahí, las matemáticas y las palabras de los humanos carecían de valor, lo mismo que los asuntos lógicos e intelectuales. Sin embargo, había una manera de poder existir, de sobrevivir: ¿cómo? Usando la imaginación. Los sobrevivientes mantenían en secreto el acceso.
Revelarlo, provocaba la pérdida de la habilidad, y, por tanto, la muerte. Ésta, era una de las dos maneras de extinguirse.
Este paraíso donde habitaban los sobrevivientes, era más que un destino: era su mundo creativo. Con la imaginación le daban forma a su realidad presente, y cuando las circunstancias se desbordaban yendo por cauces incorrectos, cualquiera de esas mentes allanaba el camino recorrido y entonces una nueva realidad aparecía de acuerdo al bagaje interior de cada escultor.
En estos mundos, los escultores creaban realidades alternas preparadas para ser habitadas por futuros seres eminentemente creativos. La imaginación era el vínculo con la vida. Los seres creativos estaban a la cabeza de todas las especies, razas y genealogías. Eran pocos los seres capaces de crear in nihilo. Conocidos como escultores de la nada, tenían vidas que llegaban a su fin con el cumplimiento de su propósito. El precio para serlo: la extinción paulatina de sus ámbitos: tangibles e intangibles.
Cuando llegaba el momento, era un instante mágico. Un mundo creado equivalía a una extinción. Los aromas y las corrientes majestuosas de agua cristalina se superponían y lo llenaban todo; al mismo tiempo, aves majestuosas multicolores cubrían los cielos de cristal.
Un mundo nuevo estaba siendo diseñado con el cincel de la imaginación; pero también, un contenedor de vida se apagaba irremediablemente. Era el ciclo de la vida in nihilo.
Cuando el escultor abrió los ojos, poco sentido encontró en su pobre existencia. Y pese a ello, la majestuosa imagen de aquella mano fría e inmóvil apenas creada, produjo en su interior una fuerza avasalladora lo mismo que desconocida. Lo creado comenzaba a existir.
Lo creado producía esperanza. Lo creado…
Cuando la luz del nuevo día apareció, también fue revelada la belleza y perfección de aquella escultura. Cuando la luz del nuevo amanecer vino, también reveló otra realidad: el propósito del escultor se había cumplido…
*Escritor. Presenta relatos de su autoría.

