Foto: Guillermo Castillo

Mérida despertó este domingo envuelta en un rebozo de brisa inusual. Para el foráneo, 21 grados centígrados a mediodía podrían parecer el clima ideal de una eterna primavera, pero para el yucateco, esa cifra es sinónimo de sacar la chamarra guardada y caminar con las manos en los bolsillos.

En este puente de febrero, la capital yucateca no vibró con el caos acostumbrado; más bien, se dejó seducir por una calma letárgica, un ritmo semilento donde el frío —ese que no se sentía con tal persistencia en años— fue el protagonista invisible de la jornada.

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La emblemática Biciruta, que usualmente es un hormiguero de cascos y risas, ofreció una estampa más despejada. Aunque los entusiastas de siempre no fallaron a la cita, la participación de familias fue notablemente menor. Fue un domingo de “domingueo” puro: de paso pausado y observación, más que de acción deportiva. Algunas personas que iban a pie en la Biciruta compraron en los bazares de plantas.

Contrastes de consumo entre Gran Plaza y Yucatán Siglo XXI

Sin embargo, el clima no enfrió las carteras. Mientras la Gran Plaza lucía pasillos inusualmente vacíos, con una actividad casi nula que invitaba a la reflexión sobre los nuevos hábitos de consumo, el pulso de la ciudad se trasladó apenas unos metros hacia el norte. El Centro de Convenciones Yucatán Siglo XXI se convirtió en el epicentro del movimiento.

Allí, el contraste era total. Filas interminables serpenteaban en la entrada, compuestas en su mayoría por mujeres que, desafiando el viento colado por las puertas automáticas, buscaban las mejores ofertas en un outlet de productos de belleza. La quincena, aún fresca en los bolsillos, encontró su destino entre labiales, cremas y tratamientos capilares.

En los alrededores de la expo, la dinámica de pareja se adaptó a la espera. Mientras ellas escudriñaban estantes, ellos —y muchos otros visitantes— se refugiaban en el aroma del grano tostado. Los puestos de comida argentina y las cafeterías aledañas sirvieron de zona de espera estratégica.

Bebidas, familia y cierre atípico del puente

Lo curioso ocurrió conforme el sol ganaba altura: a pesar de la sensación térmica baja, el paladar yucateco no renuncia a sus costumbres. Al mediodía, el café caliente comenzó a ceder terreno ante los cafés fríos y, para los más audaces, los cantaritos. Esa mezcla cítrica con el toque justo de tequila se convirtió en el puente perfecto entre el frío de la mañana y el calorcito tímido del almuerzo.

Mérida demostró este fin de semana que no necesita de altas temperaturas para estar viva. El “fresco” funcionó como un bálsamo que permitió disfrutar de la ciudad sin el agobio del sol plomizo. Fue una jornada de contrastes: de calles semivacías y centros de convenciones a reventar; de suéteres de lana y bebidas con hielo.

Al caer la tarde, la estampa final fue la de una ciudad que sabe aprovechar su tiempo. Entre el aroma a empanadas argentinas y el brillo de los nuevos productos de belleza, las familias emprendieron el regreso a casa. Un puente atípico, marcado por un clima que obligó al abrazo más que al abanico, pero que confirmó que, en Mérida, la vida siempre encuentra su cauce, ya sea sobre dos ruedas en la Biciruta o haciendo fila para la siguiente oferta.