por Miriam Castillo
Algo está mal en el Tren Interoceánico. Es una afirmación evidente, después de un descarrilamiento que dejó al menos 14 personas muertas y 97 lesionados.
Pero el problema no es solo ese. La cosa es que tenemos a dos personas detenidas y una explicación a medias sobre qué fue lo pasó en el descarrilamiento. Hay algo de fondo que no se soluciona y queda latente para después.
El martes pasado la fiscal Ernestina Godoy dio a conocer algunos de los avances de la investigación del caso. En un mensaje grabado y transmitido por YouTube, la fiscal General explicó que se habían hecho distintos peritajes y análisis a la caja negra del vagón y se determinó que el tren corría a exceso de velocidad al momento de tomar la curva.
La velocidad máxima permitida para el tren de pasajeros en el tramo del descarrilamiento era de 50 kilómetros por hora. El tren el día del accidente iba a 65 kilómetros por hora, es decir 15 kilómetros por encima del límite, un 30 por ciento.
¿Nuestro margen de seguridad se reduce a eso? Si damos por buena la afirmación de la compañía constructora sobre que la calidad de los materiales no es dudosa y que toda la ejecución fue perfecta y lo único que falló fue la conducción, tenemos un tren con un margen de seguridad muy por debajo de los estándares de los trenes en el mundo.
Normalmente, según los expertos, se debe considerar un margen de seguridad de hasta el 100 por ciento. Es decir, que si el límite de velocidad para tomar la curva era de 50 kilómetros por hora, debería poder tomarse hasta a 100 kilómetros sin que hubiera algún tipo de accidente. Sin embargo, este no fue el caso.
Según lo sucedido, el tren no cuenta con un regulador de velocidad, el trazo de la vía hace que en viajes futuros los pasajeros viajen en una línea bastante delgada de seguridad. Si en algún momento por una razón ajena al conductor, el tren se quedara sin frenos y tuviera que tomar una curva por encima de la velocidad, ¿contamos con menos de 15 kilómetros por hora?
La fiscalía en su informe a un mes del descarrilamiento aseguró que no había fallas en el tren o en las vías o en alguno de los materiales que lo conforman. Según los reportes de las autoridades todo estaba en orden, salvo el exceso de velocidad.
Si consideramos el tonelaje del tren y la potencia que tiene, la línea es muy delgada y tanto las autoridades como los expertos independientes deberían tener un ojo puesto en ello.
Porque, y aquí viene la duda genuina, si todo se reduce a un error humano, ¿qué garantías tendremos de que no vuelva a suceder? ¿Cómo haremos para que no haya una sola posibilidad de un error tan pequeño?
El papel de la autoridad no solo debería ir en la explicación de las causas del accidente, sino en garantizar que no suceda algo similar una vez más. Que ese tren se pueda tomar en múltiples condiciones sin temor a que se repita una tragedia.
Eso es lo que deberíamos estar buscando en un afán de tener justicia. No solo la reparación de los daños, sino una reparación de fondo de lo que está roto.

