por Héctor Zagal
(Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)
El 6 de enero tiene un ritmo particular. En la mesa hay chocolate caliente, una rosca esperando su destino y toda la familia practicando el viejo deporte nacional: cortar un pedazo lo bastante decente para no quedar mal, pero lo bastante estratégico para que no encontrar al Niño y tener que pagar los tamales el día de la Candelaria. Afuera, el mundo sigue con lo suyo: titulares, escándalos, capturas de exmandatarios. Es la convivencia habitual: en la pantalla, la gran historia; en el plato, la rebanada con frutas cristializadas o, su defecto, un trocito de ate.
Alguien, entre mordida y mordida, mira el celular: que si detuvieron a Fulano, que si la geopolítica está que arde; se levanta la ceja, se comenta algo rápido y, en lo que el chocolate se enfría, volvemos a lo verdaderamente apremiante: “A ver, córtale tú, ¡pero por el otro lado porque yo quiero ese pedazo con azúcar!”
La rosca tiene mucha historia. Antes de ser pan con muñequitos, fue pan con haba. En las saturnales romanas se escondía una haba en un pan redondo: quien la encontraba se convertía en “rey” por un día. La Edad Media heredó el juego como “rey de la faba”: una corona breve y responsabilidad limitada. Con los siglos, el cristianismo lo reconvirtió en fiesta de la Epifanía, y en España y luego en México el haba se transformó en Niño Dios de porcelana, luego de plástico. El esquema es el mismo: hay algo escondido en la masa y alguien tendrá que encontrarlo. En la versión mexicana, el premiado gana la obligación de pagar los tamales del 2 de febrero. La rosca nos da la discreta lección de que cualquier “honor” trae consigo una cita futura con la realidad, que no hay regalo sin compromiso.
Aquí las reglas están claras: quien saque al Niño paga; los demás ayudan a comer. No hay mucha épica pero sí cierta justicia doméstica. En la política global, en cambio, las reglas suelen ser más difusas: a veces parece que la “haba” de la responsabilidad se reparte con criterios misteriosos. Hay personajes que nunca la encuentran, por más que corten pedazos enormes. Otros la muerden sin buscarla.
Por eso resulta casi terapéutico regresar al pan dulce. La rosca nos baja el volumen del mundo y nos recuerda algo muy sencillo: lo que importa, al final del día, es que haya mesa, risas, chocolate y un pretexto para juntarse. Que la preocupación más grande de la mañana sea si el cuchillo rozará un Niño de plástico, y no qué noticia va a estallar en la siguiente notificación.

