AMBIENTE URBANO

Juan Carlos Rojo Carrascal

Planificar ciudades en el mundo sigue siendo materia pendiente que pocos lugares han logrado superar. En México, como en la mayoría de los países latinoamericanos, los ritmos de crecimiento de las ciudades siempre han rebasado toda posibilidad de ordenamiento. Prever los destinos de una urbe y anticiparse a condiciones que comprometen la calidad de vida de su población es por demás complejo, sobre todo cuando privan los intereses de unos cuantos antes que las necesidades del resto de la población.

El Instituto Municipal de Planeación Urbana (IMPLAN) debiese ser el organismo municipal idóneo para afrontar estas tareas y velar por un desarrollo urbano ordenado, equitativo y sostenible. Por lo anterior, este organismo no debería ser una oficina más del ayuntamiento. Debiese ser la instancia técnica multidisciplinaria donde se analice metodológicamente la ciudad, se consulte a su ciudadanía, y se promueve la colaboración de infinidad de instituciones y organismos que aporten experiencia y conocimiento para posteriormente gestionar —o elaborar—  los instrumentos de planificación urbana que luego deberán promover y velar por su puntual materialización.

Escribo esto con conocimiento de causa ya que fui hace veinte años parte del primer equipo técnico del IMPLAN en la ciudad de Culiacán donde fungí durante seis años como Coordinador de Planeación Estratégica y en una segunda etapa —más recientemente— como Director General del mismo. Fui protagonista de las férreas batallas que se libran desde estos institutos para convencer a empresarios, políticos, vecinos y sociedad civil de las bondades de disponer de un sistema de planificación con instrumentos como el Plan Municipal de Desarrollo Urbano o el Plan Integral de Movilidad Urbana Sostenible, por nombrar algunos. Aunque no solamente se trata de contar con ellos, sino que deberán también aplicarse de forma sistemática para así mejorar las condiciones de vida de la población en general.

De pronto, nos damos cuenta de que los tiempos de traslado en la ciudad se incrementan, los accidentes viales cada vez son más peligrosos, los niños y las personas mayores o con dificultades motrices ya no pueden salir a la calle solos, las áreas verdes disminuyen, el suministro de agua y electricidad fallan, los servicios de salud son insuficientes y la vida en general se encarece. 

Lo peor que le puede pasar a una ciudad es dejarla crecer de forma inercial, sin imaginar escenarios y no garantizar el bienestar de las futuras generaciones. Sospecho que esto le pasa a la mayoría de las ciudades que enfrentan un ritmo acelerado de expansión. Mérida no es la excepción. Hoy más que nunca, requiere del fortalecimiento del IMPLAN —que ya sobrevivió su primera década— mediante una cirugía mayor para convertirse en el organismo técnico, estable y bien posicionado que asuma el liderazgo de las decisiones a nivel urbano y que conduzca a la capital yucateca a ser lo antes posible una ciudad atractiva, segura y saludable para toda su población y no solo para algunos grupos privilegiados.

Sigamos conversando: juancarlosrojo@uas.edu.mx

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *